Escena cotidiana: Despertares

Recién roza el sol las persianas de tus ventanas. Las abres tal cual despiertan las flores, esperando el viento como un beso más que como una cachetada. Y esperas tú lo mismo del resto del día. Frankie Valli se limita a susurrar, que es todo lo que permiten tan temprano las paredes de un edificio, ‘You’re just too good to be true, can’t take my eyes off of you’. Te motivas a creerle, porque no hay nadie más cerca a quien le esté hablando.

Has hecho del suelo un pequeño circuito de carreras. Zapatos en posiciones estratégicas «contra tus oponentes», pilas de ropa que sabes que no puedes usar y, a su vez, separadas de otras pilas que no quieres usar. Un terreno lleno de obstáculos, al menos, hasta llegar a la meta de tu espejo de cuerpo completo. El último desafío es mirarse.

Te dicen hola desde el otro lado. Allí está tu fleco a la francesa, víctima de una euforia extraña de madrugada y de la mala suerte de haberse encogido hasta deformarse. Ya has aceptado que es demasiado corto. Intentas sonreírle, a él y a los rizos sobre los que dormiste anoche. Piensas en si mamá te viera sonreír. Cómo tus mejillas rellenitas color albaricoque te achinan los ojos. Que diría otra vez que tienes un cœur au goût de crème au beurre delicioso. Ya recuerdas por qué te cortaste el flequillo francés.

La mañana no da a más. Tampoco las ojeras. Pero sabes que eso no es lo importante y te delineas los ojos, aunque sólo te complace el tercer intento. «Bendito pulso», piensas y te abstienes de resaltarte la otra grosería que tenías en mente: «Al menos sí que puedo alcanzar este par de curvas». Como ya has sacrificado los minutos del café metódico de las ocho, lanzas un beso a tu reflejo maquillado. Sabes que los mimos son saludables, y acordaste intentar comer más de esos y menos ensaladas de coliflor hervida.

Frankie Valli se calla cuando escucha cerrarse la puerta del salón.

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