Digamos que alguien tiene una tarde de domingo sólo para el ocio, una dosis «alta» de café a la mano (asumamos que esta vez es, en serio, mucha cafeína), y un poco de ganas de evadirse. Si ese alguien eres tú, y además sentís una pequeña debilidad por la cultura japonesa o te gusta el sabor de la nostalgia, han escrito un libro para ti.
Te presento Los árboles caídos también son el bosque de la autora argentino-japonesa Alejandra Kamiya.
Publicado en 2015, este libro de cuentos (nada parecidos a los que te leían de niño) acoge doce pequeños relatos escritos con un lenguaje narrativo que coquetea constantemente con la poesía. La presentación de sus 118 páginas te sitúa en el umbral de un universo muy autobiográfico repleto de infancia, soledad y muerte, y vestido con olor a florecillas. No puedes dejar de leer: «Un desayuno perfecto», «Los restos del secreto» y «El pozo».
En general, Los árboles caídos también son el bosque te ofrece la vista bonita del dolor reflejado y no explícitamente dicho. Con una estampa de cotidianidad minimalista y acogedora, muestra partes crudas de la vida: un motivo recurrente es la familia como desamparo, la figura paterna que se presenta distante, y la pérdida como concepto de hogar. Además la presencia de la cultura japonesa, descrita desde una mirada pequeña, es uno de los detalles que hacen de este libro un vistazo al interior de las partes más tristes de su autora.

Una de las cosas que destacaría de los cuentos es que pueden leerse sin seguir un orden específico y que, a mi consideración, se deberían leer a partir de los trece años por las temáticas que aborda (aunque tocaría mejor la fibra sensible de un lector más adulto). Desde lo más personal, y sin caer en el grading, puedo decir que es un libro que disfruté mucho y que debería considerarse menos «de culto».