—¿Ya decidieron?— La camarera susurra como sólo para ti, aunque también esté yo y las mire de frente.
Pero tú esperas por mí para elegir, ¿no es cierto?:
Un café.
Con los posos muy arenosos.
Que retire la azucarera.
Te giras a mirar hacia una calle semi asfaltada, con la vista encaramada a los bordillos de las ventanas. Fuera no hay nada más que humedad, calles vaporosas y botas de agua mayormente amarillas. No sé qué busca allí tu mirada, pero mi mano busca el mismo sitio donde descansa la tuya. Me tocas. Hay algo que me revolotea en la garganta, porque comparten un sólo espacio dos de nuestros dedos.
A veces pienso que, si te observo lo suficiente, se desgastará ese rostro tuyo. Que quizás debajo de tu esmaltado de cordialidad indiferente ruge un tigre colmilludo, o canta una paloma, o me llora una niña. Pero eres una silueta que sólo puede lucir tus formas. Aunque haya pasado años buscando en ella el disfraz de un suspiro en la oreja.
Algo insólito te sucede, porque te aletea la pupila que refleja la ventana. Tus dedos ya están lejos de los míos, un sostén para tu impulso de pararte de la mesa. Se mecen en el vaivén de tus manos, guiando el camino de cada zancada.
La ventana me cuenta todo: te mojan el cabello la llovizna, los ojos las lágrimas y los labios un beso del color del carmín. Una mujer tiene ahora tus dedos. Por primera vez te he visto tigre, niña y paloma.
Llega el pedido.
Yo tengo ahora dos tazas de café, y la marca de un anillo que ensartaste en mi dedo.