Del hablar, del justificar.

Analizar es una buena idea. Muchas veces hablamos impulsivamente; el mero hablar por hablar, por rellenar aquellos huecos en la conversación que tan incómodos resultan. Hablar impulsivamente consiste en hablar y después pensar en lo dicho.

Cuando hablamos impulsivamente, muchas veces cometemos errores al no pensarlo bien, y entonces intentamos justificar lo que hemos dicho por medio de argumentos. Y aún así, si la premisa es mala porque no la hemos pensado bien, por muy buenos que sean los argumentos la estructura no se sostendrá. Es decir, nos encanta ser coherentes con nosotros mismos, en vez de rectificar una vez que lo hemos pensado mejor, y nos hemos dado cuenta que ya desde el comienzo lo hemos interpretado de una forma demasiado precipitada.

Se presentaron hace unos años una serie de experimentos en la revista Psychological Science por los investigadores David Gal y Derek Rucker de la Northwestern University.

En el primer experimento tomaron un grupo de 150 voluntarios, y lo dividieron en dos grupos. Al primer grupo les pidieron que recordasen experiencias donde se sintieron inseguros de sí mismos, y a la otra mitad, situaciones donde habían alcanzado un gran éxito personal. Con ello, intentaban generar un sentimiento de confianza o inseguridad. A continuación, se les pedía a ambos grupos que explicasen su tipo de dieta, defendiéndolo con argumentos. Tras esto, se pudo observar un cierta tendencia: el grupo al cual se le había pedido que recordasen experiencias de inseguridad escribieron textos más largos, con muchos más argumentos e incluso con una defensa aún más feroz y categórica.

Menciono este experimento porque arroja luz a un tema muy interesante en el día a día: cuando nuestras creencias, ya sea que estén bien o mal formuladas, se ven amenazadas, solemos responder con mucha agresividad dependiendo de cuán inseguros estemos de ello.

La inteligencia no es tanto una capacidad como una actitud para permitirse a uno mismo aprender. Estar abiertos a dudar y cambiar de opinión, y no enzarzarse en una discusión por algo que dijiste sin pensar, es una actitud inteligente. Porque aprender no es sólo adquirir nuevos conocimientos, sino saber renovar los viejos.

Y podría mencionar en este punto a la famosísima cita atribuida a Sócrates: «Sólo sé que no sé nada».

Sin embargo, todo esto es tremendamente difícil; nos encanta ser coherentes con nosotros mismos, y no soportamos las dudas sobre si estamos o no en lo cierto. Pero se aprecia una diferencia abismal una vez que se va poco a poco incorporando la duda como aliada, no para disminuir nuestra confianza en lo que decimos, sino para escuchar más, tener una mente más abierta que no se encierra en dogmatismos, y tomar decisiones más fundadas en lo que se piensa antes que en lo que se siente. Por lo que hay que dejar de ver el cambiar de opinión como signo de debilidad intelectual, sino como una fortaleza.

Muchas gracias por leer.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio