Zimbabue y la inflación del 89.700.000.000.000.000.000.000%

Zimbabue: la historia de un país que imprimió billones

En enero de 2009, un ciudadano de Harare salía del banco con un billete recién acuñado en el bolsillo: cien billones de dólares zimbabuenses. Cien seguido de catorce ceros. Con él, apenas podía comprar un pan, y al día siguiente ni siquiera eso. Aquel billete, el de mayor denominación jamás impreso por un banco central moderno, resumía como ningún otro símbolo el naufragio de un país entero. Pero para entender cómo Zimbabue llegó hasta allí, hay que retroceder casi tres décadas, hasta una mañana de abril de 1980 en la que el futuro parecía, contra todo pronóstico, luminoso.

Una independencia con buenas cartas

Cuando Robert Mugabe asumió el poder tras la guerra de liberación contra la Rodesia blanca, heredó algo inusual en África subsahariana: una economía diversificada, con una agricultura comercial puntera, minería activa y el sector manufacturero más sofisticado del continente después del sudafricano. La injusticia colonial era grande —unos 4.500 granjeros blancos poseían alrededor del 70 % de la tierra fértil, mientras millones de negros sobrevivían en reservas marginales—, pero también existía una base productiva real sobre la que construir.

Mugabe, marxista convencido durante sus diez años en la cárcel, llegó al poder con un discurso revolucionario y una retórica de partido único. En la práctica, sin embargo, hizo algo más astuto: mantuvo el capitalismo heredado, protegió a los granjeros blancos, respetó los escaños reservados para la minoría europea en el Parlamento y canalizó los ingresos hacia una expansión masiva de escuelas y clínicas. El número de escuelas secundarias creció un 838 %. Zimbabue alcanzó pronto una de las tasas de alfabetización más altas de África, y la mortalidad infantil cayó de forma notable. El eslogan oficial —«crecimiento con equidad»— parecía, durante unos años, cumplirse.

La sombra de Gukurahundi

Bajo esa fachada de progreso, sin embargo, ya latía otra cosa. Entre 1982 y 1987, la Quinta Brigada del ejército, entrenada por oficiales norcoreanos, arrasó Matabeleland, la región de la etnia ndebele que apoyaba al partido rival, ZAPU. La operación se llamó Gukurahundi, «la lluvia que arrastra la paja». Se estima que asesinó a unas 20.000 personas. Occidente, en plena Guerra Fría, prefirió mirar hacia otro lado: Mugabe pasaba por aliado prooccidental frente al apartheid sudafricano. ZAPU terminó absorbida por ZANU-PF en 1987, y Mugabe asumió una presidencia ejecutiva con poderes ampliados. El Estado y el partido se volvieron indistinguibles.

Los noventa: el ajuste que no ajustó

La fiesta fiscal de los ochenta —financiada con deuda— chocó pronto contra la pared. En 1991, presionado por el FMI y el Banco Mundial, el gobierno aplicó un Programa de Ajuste Estructural. El resultado fue pésimo: la industria local, expuesta de golpe a la competencia global, se desplomó; los hospitales y escuelas empezaron a cobrar tarifas; muchas familias pobres sacaron a sus hijas de la secundaria. Los salarios reales cayeron por debajo de los niveles de 1980 y, en 1999, nacía el Movimiento por el Cambio Democrático (MDC) bajo el liderazgo del sindicalista Morgan Tsvangirai. Por primera vez desde la independencia, ZANU-PF tenía oposición real.

Año 2000: el punto de no retorno

La reacción del régimen fue demoledora. Tras perder un referéndum constitucional en 2000, Mugabe lanzó el Fast Track Land Reform: veteranos de guerra y milicias juveniles ocuparon por la fuerza las granjas comerciales. La reparación histórica era legítima; la ejecución fue desastrosa. La producción de tabaco —la joya exportadora— se hundió. El «granero de África» pasó a depender del Programa Mundial de Alimentos. Y al anular los títulos de propiedad, el gobierno fulminó la principal garantía del sistema bancario: los créditos se volvieron incobrables de la noche a la mañana.

Simultáneamente, Zimbabue había metido unos 16.000 soldados en la Segunda Guerra del Congo desde 1998. Oficialmente, solidaridad panafricana. Extraoficialmente, contratos de diamantes, cobalto y madera para generales y empresas afines a ZANU-PF. Las arcas públicas se desangraban; el FMI congeló todo apoyo en 1999, antes incluso de las sanciones occidentales de 2001-2002, que se limitaron a prohibiciones de viaje y congelación de activos a la cúpula.

La máquina de imprimir dinero

Con la economía en caída libre y sin acceso a crédito externo, el Banco de Reserva, dirigido por Gideon Gono desde 2003, se convirtió en la caja del régimen. Bajo el eufemismo de «actividades cuasifiscales», imprimía billetes para pagar al ejército, subsidiar paraestatales quebradas y regalar tractores a ministros con tierras nuevas. En 2006, solo ese agujero equivalía al 82 % del PIB.

En 2005, mientras tanto, la Operación Murambatsvina («limpiar la basura») arrasó con excavadoras los barrios informales de las ciudades, feudos del MDC. Más de 570.000 personas quedaron en la calle bajo el invierno austral; 2,4 millones resultaron afectadas indirectamente.

2007-2008: el descenso al absurdo

En marzo de 2007, la inflación cruzó el umbral técnico de la hiperinflación: 50 % mensual. El gobierno respondió con la Operación Dzikisai Mitengo: decretó por ley que todos los precios se redujeran a la mitad. Más de 1.300 empresarios que se negaron a obedecer fueron detenidos. Durante unos días, los consumidores vaciaron los supermercados en compras de pánico; después, las estanterías quedaron desiertas para siempre, porque ningún fabricante iba a producir a pérdidas.

Entonces la vida cotidiana se volvió surrealista. Grace Sibanda, de un suburbio de Harare, caminaba tres horas cada madrugada para llegar a su trabajo: el billete de autobús costaba más que su salario diario. Los clientes perseguían a los empleados del supermercado mientras estos cambiaban las etiquetas de precios en tiempo real. Un trabajador urbano inventó lo que él mismo llamó el «índice lonchera»: cada mañana, antes de salir de casa, comprobaba cuántos huevos o cuánto pan podía comprar con el dinero que llevaba encima. Si ayer alcanzaba para cuatro y hoy solo para dos, la inflación del día quedaba registrada en su fiambrera. El señor Keswa, un jubilado, iba vendiendo los muebles de su casa —comedor, sala, dormitorio— para pagar sesiones de fisioterapia. Los que tenían familiares en el extranjero «quemaban dinero»: cambiaban unos pocos dólares por billones de dólares zimbabuenses en el mercado negro y liquidaban hipotecas enteras en una tarde.

El profesor Steve Hanke, de Johns Hopkins, calculó el pico usando las acciones de la aseguradora Old Mutual, que cotizaban en Londres y Harare a la vez: el 14 de noviembre de 2008, la inflación anual alcanzó los 89.7 trillones (89.700.000.000.000.000.000.000%). Los precios se duplicaban cada 24,7 horas.

Y mientras tanto, el cólera —una enfermedad de siglos pasados— se extendía por nueve provincias ante el colapso del agua potable y el alcantarillado. Oficialmente, 98.500 casos y más de 4.200 muertos. Hospitales cerrados, maestros cobrando en sacos de maíz, médicos emigrando a Sudáfrica y Reino Unido.

Epílogo

En 2009, el régimen capituló ante lo inevitable. Abandonó oficialmente el dólar zimbabuense y aceptó un sistema multimoneda basado en dólares estadounidenses y rands sudafricanos. La hiperinflación se detuvo casi de la noche a la mañana. Los comercios se llenaron de nuevo. Pero el país salió irreconocible: desindustrializado, con su clase profesional dispersa por medio mundo, con su economía reducida a la informalidad callejera.

La lección que Zimbabue legó al siglo XXI no es, como a veces se repite, un simple «socialismo igual a hiperinflación». Lo que Mugabe construyó no fue socialismo real, sino una forma de patrimonialismo autoritario envuelta en retórica revolucionaria. La verdadera moraleja es más incómoda y más universal: cuando un banco central pierde su independencia, cuando los derechos de propiedad se usan como castigo político y cuando las instituciones existen para proteger a una élite en lugar de al ciudadano, la moneda —y con ella el país entero— acaba convertida en papel mojado.

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