Las casas del Caribe

Hay pocas cosas parecidas a las casas del Caribe. Son todas como los dientes de un pequeño que necesita brackets: una asimetría extraña que no podrías separar de su propio conjunto.

Hacen de las manzanas un redondel, moldeado a base de la risa de los vecinos que juegan al dominó en algún portal, y de los gritos de «vecina, regálame un poco de azúcar» que se reconocen uno al otro en los límites de los patios.

Siempre hay algo diferente, como si fuese el contorno de sus siluetas:

Sus mediodías reposados en ventanales de tablas, acunando los cuerpos dormidos.

Las puertas de los patios siempre de brazos abiertos.

El fiel perro de ojillos tranquilos tumbado al frescor del suelo.

Los gorriones fatigados regresando a la sombra en las tejas del techo.

Son casas con voces que escurren como la miel por tus oídos.

«Tía Elena está colando café».

«En la mesa está la fuente del arroz con leche».

«Niño, no me corras aquí adentro que la abuela está durmiendo».

En los hogares pequeños siempre se hace hueco, que en lugar de ser vacío es, más bien, que todos los sitios estén repletos.

Por eso todos los pasillos tienen una baldosa extra para huellas ajenas.

Todos los muñecos de biscuit de la sala sonríen, como si verte los pusiera contentos.

Y el olor a café fuerte te dice, desde el fogón, que en la mesa te espera tu asiento.

Uno siempre las mira a detalle, con miedo de alguna vez alcanzar a verlas, de pasada. Desde el cielo.

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